Esa tarde no me puse el vestido por error. Lo saqué del armario sabiendo exactamente lo que hacía. Tela negra, casi de encaje, tan fina que se pegaba a la piel como si no llevara nada. Sin sujetador. Sin nada debajo del pecho. Solo yo, el aire y esa tela que, en cuanto se me pusieron duros los pezones, los dejó marcados. Redondos. Oscuros. Perfectamente visibles. Me miré en el espejo antes de salir. Me toqué un poco, despacio, solo para sentir cómo se endurecían más. Y sonreí. La boda era de un compañero de trabajo. Salón lleno, luces cálidas, gente vestida de etiqueta. Yo entré y el silencio no fue total… pero sí ese segundo de más en el que varias cabezas se giraron. Los hombres no disimularon. Los miré a los ojos y algunos apartaron la vista demasiado tarde. Otros no la apartaron. Se quedaron en mis pechos, en cómo se movían al caminar, en cómo la tela se humedecía un poco con el calor de mi piel y se volvía todavía más transparente. Las mujeres también miraban. Algunas con cara de “qué se ha puesto esta”. Otras… con otra cara. Esa que dura medio segundo, la que delata que también están imaginando. Me senté. Crucé las piernas. El vestido se subió un poco. No lo bajé. Durante la ceremonia sentí miradas en la nuca, en el escote, en los pezones. Cada vez que respiraba hondo se marcaban más. Yo no me tapaba. Al contrario: me recosté un poco en la silla, arqueé la espalda y dejé que se vieran mejor. En el cóctel un compañero se acercó con dos copas. —Joder… —dijo, y se le escapó la risa nerviosa—. Te has lucido. Le sostuve la mirada. —¿Te molesta? Él tragó saliva. —No. Todo lo contrario. Le di un sorbo al vino sin apartar los ojos. Sentía cómo me miraba el pecho. Cómo se le notaba en la cara que estaba imaginando pasarme la lengua por encima de la tela, chupar el pezón a través del encaje, dejarlo más húmedo y más visible todavía. Después bailé. No con él. Con varios. Cerca. El vestido no perdonaba ningún movimiento. Cada vez que me giraba, cada vez que me reía y se me movían las tetas, alguien se quedaba un segundo de más. Un tío mayor, el padre de alguien, me miró tan fijo que se le olvidó disimular. Una chica del trabajo, de las calladas, me rozó la cintura al pasar y su mano se quedó un instante más de lo necesario. Yo estaba mojada. No de sudor. De otra cosa. Me metí al baño un momento. Me miré otra vez. La tela se me había pegado a los pezones. Se veían los contornos, el color, hasta la dureza. Me pasé un dedo por encima, despacio, solo para sentirlo. Me apreté un poco. Cerré los ojos. Cuando salí, él estaba esperando cerca. El de las copas. —¿Todo bien? Le agarré la corbata con dos dedos y lo acerqué lo justo para que me oliera el cuello. —Estoy empapada —le susurré—. Y no es por el calor. Se le puso la cara seria. Esa cara de hombre que ya no está de broma. No lo hice en el baño. No hacía falta. Bastaba con saber que, mientras yo volvía al salón con los pezones marcados y la entrepierna caliente, él se iba a pasar el resto de la noche imaginándoselo. Igual que los demás. Igual que esa chica que me volvió a mirar cuando pasé a su lado y esta vez no apartó la vista. Yo me senté otra vez. Crucé las piernas. Dejé que el vestido hiciera su trabajo. Y sonreí, muy despacio, porque esa noche no fui una invitada más. Fui lo que todos estaban mirando. Y lo sabía.